Cristo, incógnito
Viernes por la tarde, plaza de la Catedral, Barcelona —
Querida Lidy,
Esta noche he tenido que hacer un pequeño esfuerzo, porque he estado de mal humor todo el día, pero aun así he ido a cantar. Y qué bien me ha sentado.
Éramos al menos unos sesenta coristas, y siempre es impresionante cuando somos tantos así; el público se engancha enseguida. Pero justo al principio del concierto, un tipo, un sintecho, empezó a meterse en medio, entre el público y nosotros, haciendo gestos raros, imitando la guitarra y cosas así; era un poco incómodo la verdad, tenerlo ahí, estorbándolo un poco todo… Pero, en el fondo, tiene tanto derecho a estar en la calle como nosotros, ¿no?
En todo caso, se quedó un buen rato pegado cerca de mí pero por una vez, no tuve miedo. Se veía que no era un mal tipo. El director cruzó unas palabras con él. Y le oí : lo primero que hizo fue preguntarle su nombre. Luego, tras unas cuantas canciones, acabó retirándose y se fue a sentar en una maceta gigante, de esas en las que cultivan árboles en la plaza. Se quedó allí todo el concierto, y pensé en eso un rato. Te acuerdas, cuando hablé la última vez, de que nuestras voces, la música, el ambiente que se crea gracias a la melodía, generan una especie de hoguera en la noche en la que todo el mundo, ya desde lejos, quiere calentarse las manos. Supongo que él también lo sintió así.
Durante el «Hallelujah» de Cohen — ese momento clave en el que salimos del escenario para acercarnos al público — supe que era a él a quien tenía que ir a saludar. Le cogí la mano. Y desde la canción del «Nada» ¹, me parecía que algo estaba pasando, ya que giraba la cabeza hacia el otro lado, y era eso: estaba llorando.
Un segundo. Su mirada se cruzó con la mía. Y decía tanto que creí que yo también iba a echarme a llorar. Con la nariz roja, seguramente estaba borracho. Lo abracé. Un segundo. Me apretó fuerte.
¿Te lo has planteado alguna vez? ¿Cuánto tiempo hace desde la última vez que alguien lo abrazó?
Un segundo. Lo solté, le apreté la mano por última vez y me acerqué a los demás para saludarlos, pero, desafortunadamente, de los demás lo he olvidado todo. Volví a mi sitio. (No puedo decir «en el escenario», ya que estamos en la calle, pero en mi sitio en el semicírculo).
Y un segundo. Lo vi patas arriba, debatiéndose para salir de su maceta. Y sentí una lágrima correr por mi mejilla. Fue su mirada. Me mató.
El domingo, en el Cottolengo, cantaremos esta canción de nuevo, que nunca puedo cantar hasta el final por los sollozos que me ahogan cada vez que la oigo:
“You thought I was worth saving,
So you came and change my life.
You thought I was worth keeping,
So you cleaned me up inside”
¿Te acuerdas, Lidy, de esa sombra que me seguía antes? Desde que era muy pequeña. Me daba tanto miedo…
Y sin embargo, todo este tiempo… ¡y esta noche! Era Él, ¿verdad? De incógnito, en una maceta. —
¹ : Una canción original del repertorio de Little Light, que dice: «Nada, ya no me queda nada. He perdido la fuerza, solo tengo la voz».
² : “Pensaste que merecía la pena salvarme, así que viniste y cambiaste mi vida. Pensaste que merecía la pena quedarme, así que me limpiaste.”
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