Serendipia

 

La tienda de arte en miniatura, verano del 2026 — Foto: @lie_kauffmann

Serendipia — [s. f.] Del término inglés «Serendipity» que describe el arte de hacer un descubrimiento inesperado cuando se estaba buscando algo totalmente distinto.

Hace un mes y catorce días que me lancé a esta aventura. Pintar. Pintarlo todo. Pintar al aire libre, pintar mi habitación, pintar toda Barcelona si hace falta… Pero pintar como el acto que lo cura todo, que lo acoge todo bajo su ala.

Mi secreto, ese que aún no me he atrevido a decir en voz alta, es que me hubiera gustado ser beguina. ¿Be… qué?, oigo decir. En la Edad Media, las mujeres tenían dos caminos posibles en la vida (quizá tres): casarse o entrar en un convento. Para las más rebeldes, aquellas que soñaban con ser independientes: el burdel, o ser la amante personal de un señor.

Hasta que aparecieron las beguinas. Estas mujeres cristianas emancipadas optaban por dedicar su vida a Dios sin convertirse en monjas. Vivían entre mujeres, en pequeños pueblos rodeados de murallas, oasis claustrales en el corazón de las ciudades o del campo, y dedicaban sus días al cuidado de los enfermos. Podían conservar sus bienes, ejercer un oficio y salir de los beguinajes para trabajar y ayudar a la comunidad.

Vivir la fe, no separándose del mundo, sino conviviendo con él en lo más profundo. Se me iluminaron los ojos…

Mi problema es que, oficialmente, ya no existen. Marcella Pattyn nos dejó en 2013, a los 92 años, y con ella se extinguió una orden que hasta entonces se había mantenido durante más de 800 años.

Buscaba una solución.

Tanto en el siglo XIII como en el XXI, hay que empezar por algún lugar. Y el único sitio que conozco donde todo puede nacer, es la calle.

¿Qué sé hacer? Escribir poemas, pintar. ¿Puedo hacer eso en la calle? Hay que intentarlo. ¿Puede ser útil para la comunidad? Eso lo dirá la comunidad misma.

Así que me lancé. A los pies de la Sagrada Família, pensé: ¿qué mejor patrona para animarme a llevar a cabo una idea tan loca? Con un nudo en el estómago y el pincel tembloroso, abrí el maletín, especialmente arreglado para convertirlo en una tienda de arte en miniatura, y pinté, pinté y pinté. Recité mis oraciones cada mañana al sonido de las campanas. Me sequé las lágrimas, ya fueran de terror o de alegría, y el sudor de la frente. Y volví allí cada día, aunque fuera solo un ratito.

He conocido a gente increíble. Personas de todo el mundo. Los niños se acercaban, miraban; a veces les ofrecía el pincel y lo probaban. Había un tipo, un alemán, que no dijo nada y se puso detrás de mí a mirar. Debió de quedarse más de media hora de pie así, sin decir ni una palabra. Intenté entablar conversación con él: nada. Asintió con la cabeza. Segundo intento: sí, sí, entiende el inglés, pero seguía sin decir nada. Al terminar, acabé dándome cuenta de que todo ese tiempo había estado esperando. Quería comprar la pintura.

Luego estuvo J., que se acercó el primer día, cuando aún no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, con la caja de pinturas directamente en el suelo. Se acercó, se presentó y me ofreció una botella de agua para que (cito textualmente): «pudiera seguir pintando sin desmayarme». Y fue uno de los primeros en comprarme una de mis postales.

Por último, hubo ese día increíble en el que Stephanie Bower (maestra del urban sketching y autora de tres libros sobre el tema) se quedó conmigo toda una mañana para dibujar. (Todavía me cuesta creerlo).

Pues aún no sé adónde va a llevar todo esto, es demasiado pronto para saberlo. Pero ya he vivido historias increíbles, y cada uno de vosotros que habéis exclamado «¡Oh, mira qué bonito!» al pasar hacéis que ahora ya no me queda otra opción: hay que seguir. ♡ —


 
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