Nadie quiere hablar de la guerra
El viento estaba cambiando de dirección. Fue mi padre quien me enseñó a hacer eso: a leer los cielos de montaña en verano. Sigo haciéndolo, por costumbre, y a veces la gente se pregunta por qué de repente me detengo sin decir nada. Miro fijamente al cielo como si le estuviera hablando, pero en realidad lo estoy escuchando.
La forma de las nubes, sus colores, la velocidad a la que pasan: solo hay que saber leer las señales. Todo está ahí. Y me parecía claro que se acercaba la tormenta.
Anoche incendiaron tres coches. Justo a la vuelta de la esquina. Y la furgoneta del cristalero que vive debajo de mi casa desde… toda la vida quedó reducida a cenizas. Por lo visto, también en la calle Independència sucedió.
Esta mañana misma nos reíamos con Elena. Hacía un sol radiante y ella tenía un arcoíris en la mejilla, por el cristal del escaparate; mirábamos vestidos para la boda de su cuñado, diciendo «Toscana, Toscana» con un aire snob… Pero «Toscana», ¿oyes cómo resuena la palabra…?
Luego se nubló el cielo, aunque no por mucho tiempo. Llegando del trabajo, delante de los contenedores de basura, había un montón de cajas de cartón y, en el suelo, justo delante, una metralleta de plástico, a la que iba a hacer una foto porque me pareció curiosa la coincidencia de la escena. Los coches quemados, la metralleta. Pero al volver del supermercado, alguien la había vuelto a colocar en su sitio entre las cajas, apenas visible. ¿No te parece extraño? Quizá no fui la única a fijarse en ella.
Estoy leyendo un libro sobre la Guerra Civil y, al principio, se ven carteles de propaganda de 1936 en los que se lee: «Contra el fascismo, inscríbase en las milicias de la UGT». 1936. El otro día, al comprar el periódico, me quedé clavada en la portada: campaña del 1 de mayo. «Contra las guerras y el fascismo, vota UGT». 2026.
Iba en bicicleta cuando sentí caer las primeras gotas de lluvia. Una en la mano, otra en la frente. Dos tipos discutían en el semáforo. Y entonces volví a tener esa visión: la del anciano que, al amanecer, al sacar la basura, daba patadas salvajes a una caja de cartón.
Arrodillada en la iglesia desierta pues, estoy a punto de empezar mi turno. Todo se mueve. Las imágenes pasan demasiado rápido.
El sol, el mar, eso fue ayer, pero los pájaros volaban ya bajo; debería haberlo visto.
Y yo también estoy enojada y no se lo puedo decir a nadie.
Se fue la luz. Cada vez que veo el rostro de Cristo, mi dulce Cristo, es porque destellos de luz violeta lo iluminan de repente, y no puedo evitarlo; me recorre un escalofrío.
¿Son los sueños los recuerdos de otra vida?
Cierro los ojos, aún más fuerte, y los veo abajo, muy pequeños: apunto. Sacudo la cabeza. No hay que pensar en ese tipo de cosas.
Las paredes tiemblan; esta vez, el rayo ha caído directamente sobre la colina.
Me levanto. Este Cristo es inmenso, y le pido una señal a Su Padre. Abro el libro en el que, sin darme cuenta, he clavado las uñas. Respiro y, al azar, leo:
«Todas las naciones son ante él como nada,
no son para él más que vacío y vanidad». ¹
De repente, un gran silencio. Y sé que no durará, pero recupero la compostura. Al fin y al cabo, la tormenta no está tan cerca, pero se oye a lo lejos, ese ruido familiar: un trueno centenario que se acerca. —
¹ : Isaías 40:17
² : Ver La misión, una obra maestra de 1986 con Jeremy Irons y Robert De Niro. Contexto: «En el siglo XVIII un grupo de jesuitas españoles intenta proteger a una tribu sudamericana de los esclavistas portugueses.» Los dos protagonistas son siervos de Dios y construyen una comunidad. Al final de la película estalla una batalla y hay que tomar una decisión: ¿tomar las armas, defender todo lo que han construido y proteger a la tribu a la que han servido? ¿O permanecer del lado de Dios, pacifista, del Dios que es solo amor y al que le dan igual las banderas inventadas por los hombres…
³ : Leer también: Sabes bien que seré yo, Diario (Tomo IV), Julien Green.
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