Cantando bajo la lluvia
Despiértate, tú que duermes,
Y levántate de los muertos,
Y te alumbrará Cristo.
— Efesios 5:14
19/12/2025 — Último concierto callejero, plaza de la Catedral, antes de las vacaciones de Navidad.
Cada concierto es una historia única y, sin embargo, cada vez ocurre el mismo milagro. Lo cierto es que nadie sabe de antemano cuántos estaremos cantando, ni quién estará allí para desempeñar los papeles que, cada vez, hay que distribuir en el momento. El director convoca, y la fuerza de Little Light reside en contar con un grupo único de personas que, un viernes de invierno, cuando la oscuridad es total, deciden encender una pequeña llama en la noche con su SÍ cada vez renovado.
Pero esta vez llovía mucho. Tuvimos que mudarnos, al abrigo bajo las pinturas de Picasso que decoran el Colegio de Arquitectos de Barcelona. Y siempre hay esta duda, natural al principio: ¿cancelamos? ¿Vendrá la gente si lo intentamos? La respuesta eterna: ponerse el gorro de Papá Noel y empezar el show.
¿La calle? Desierta. Sin embargo, empezando el espectáculo, parece que nuestras voces tienen el efecto de una hoguera en la noche. Automáticamente, la gente se detiene, se acerca para calentarse las manos, el corazón, el alma ; forman un círculo a nuestro alrededor y aparecen los milagros.
Al principio es muy discreto. Dos o tres pies marcando el ritmo, una anciana que sonríe, una mujer que mira el espectáculo y el marido, mirándole a ella en la noche.
Luego hacemos parodias, canciones divertidas ; queremos hacer reír a la gente. Contamos la historia de Moisés con la melodía del Libro de la Selva ; bailamos como egipcios, interpretamos a cosacos, vaqueros, italianos... Ahí es donde vemos a sexagenarios imitar nuestras coreografías, a un padre bailar con su hija, a personas en sillas de ruedas ponerse a cantar; todo el mundo se anima, sin que a nadie parezca importarle demasiado que siga lloviendo a cántaros.
Finalmente, el cielo se calma y entra Sara. Todo es silencio. Queremos paz para los niños del mundo. Nos gustaría, por un segundo, que supieras lo que se siente al otro lado del muro, con hambre y sin nada más que perder, ni nadie.
Hallelujah. Porque la guerra, el horror, la violencia, el rechazo, la malicia nunca tendrán la última palabra mientras haya una sola persona con el valor de alzar la voz. Y avanzamos hacia el público, donde cada mirada, cada persona, se convierte en un mundo. Hay gente que llora, porque de repente recuerdan lo que es pertenecer. Vaya, una pequeña luz más en la noche.
En fin, como decía, cada concierto parece igual al anterior, pero cada viernes es una historia aparte. Cuando resuenan las últimas notas, el círculo se funde en la noche. Uno por uno, desaparecen. Y solo se oye, de nuevo, las gotas de lluvia sobre los adoquines de la catedral. Como si nada hubiera pasado.
Nunca sabremos la historia de esta gente, ni sus nombres, ni qué les llevó a permanecer una hora y media de pie, bajo la lluvia. Pero al final, no importa. El milagro se produjo. Lo vimos todos, como una estrella atravesar el cielo.
Ser testigo de un corazón que despierta después de haber estado dormido tanto tiempo. —
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