Un diario
Los campos estaban envueltos en niebla. Estaba en el Haut-Beaujolais. A mi alrededor reinaba un silencio lúgubre. Acababa de faltar a clase. Tenía veinte años y, por primera vez, había decidido no presentarme. Me había dado media vuelta, deslumbrada por un amanecer en llamas, con el pecho hinchado y dolorido; me ahogaba. De rabia por vivir, de ganas de arrancarme la piel y salir de ahí, de ser… libre. Cogí el coche y me puse a conducir. Cuanto más avanzaba, más me adentraba en la niebla, entre los viñedos. Me detuve al azar a la entrada de un camino. Al haber nacido en los Alpes, siempre se tiene en el maletero algo de ropa de montaña. Así que me cambié y me puse en marcha.
Una crisis existencial es como una caída. Una caída que toma su tiempo. Como una hoja de otoño retenida por el viento. Es cruel.
Ya de niña vivía las mías; todas esas preguntas que me ardían en los labios, esa sed de vivir, de verlo todo, de marcharme. Pero tenía los pies clavados al suelo. Y de esa tensión constante entre esas dos verdades —una siendo estética, la otra realidad— nació la necesidad de escribir.
Ahora, quizá por falta de medios, o porque sí, he cambiado: leo, pinto. Y esta frase de Rilke lo resume todo a la perfección:
«No busquéis hoy las respuestas que no se os pueden dar, pues no podríais vivirlas. Vivid hoy las preguntas. Quizá entonces, en un día lejano, vuestra vida os haya llevado poco a poco, sin que os dierais cuenta, hacia la respuesta»
Cuando salió el sol, ya estaba en lo alto de las colinas. La niebla se disipaba entre los viñedos y el paisaje se abría ante mis ojos. Los perros ladraban en el fondo del valle y los árboles sacudían por última vez el rocío de sus ramas desnudas. Fue entonces cuando lo supe.
No hay que temer al frío, he oído. Y el hambre desaparecerá. El momento quedó clavado, y diez años más tarde, oigo lo mismo tras las colinas. La llamada a vivir, a escribirlo todo.
Pues este diario, eso es, soy yo. El camino, el papel, las manchas de tinta en los dedos, el viento bailando con los árboles… No quiero que os vengan otras imágenes a la cabeza cuando penséis en vuestra amiga. La hojita de otoño que, bajo los rayos del sol poniente, se pregunta por qué cae. —
