Maiden no more
(Texto original en inglés, aquí)
(…) el sentido común la había iluminado. Sentía que haría bien en volver a ser útil, en saborear de nuevo la dulce independencia a cualquier precio. El pasado era pasado; fuera lo que fuera, ya no estaba presente. Fuesen cuales fuesen sus consecuencias, el tiempo las cubriría; en unos años, todo sería como si nunca hubiera existido, y ella misma quedaría sepultada bajo la hierba y olvidada. Mientras tanto, los árboles seguían tan verdes como antes; los pájaros cantaban y el sol brillaba ahora con la misma claridad de siempre. El entorno familiar no se había ensombrecido por su dolor, ni se había viciado por su sufrimiento. Podría haberse dado cuenta de que lo que le había hecho inclinar la cabeza tan profundamente —la idea de que el mundo se preocupara por su situación— se basaba en una ilusión. Ella no era una existencia, una experiencia, una pasión, un entramado de sensaciones, para nadie más que para sí misma. Para el resto de la humanidad, Tess no era más que un pensamiento fugaz. Incluso para sus amigos no era más que un pensamiento que se les pasaba por la cabeza con frecuencia. Si se hacía la desgraciada día y noche sin cesar, para ellos solo significaba esto: «Ah, se hace la desgraciada». Si intentaba mostrarse alegre, dejar de lado todas las preocupaciones, disfrutar de la luz del día, de las flores, para ellos solo podía ser esto: «Ah, lo lleva muy bien». ¿Se habría sentido desdichada por lo que le había sucedido si estuviera sola en una isla desierta? No mucho. (…) La mayor parte de la desdicha había sido generada por su apariencia convencional, y no por sus sensaciones innatas».
Tess of the d’Urbervilles, Thomas Hardy, 1891.
